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laura@lauraponce.com.ar

 

 

 

Mi proyecto de liderazgo personal, tiene como objetivo asumirnos como protagonistas de nuestra vida, haciendo consciente nuestra libertad de elección y aumentando nuestra capacidad de acción. 
Soy coach ontológico profesional, coach organizacional, consteladora sistémica y facilitadora bilingüe de procesos de aprendizaje. También me formé en PNL y gestión de potencial.

También soy madre de dos hijas con discapacidad, y lidero talleres de coaching dirigidos a padres de personas en esta condición.

 

Soy docente de coaches en formación, brindando espacios de supervisión y práctica en campo.
 
He desarrollado programas de coaching solidario en barrios carenciados en conjunto con la Universidad Tecnológica Nacional y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

 

He impartido en la Universidad Abierta Interamericana (UAI) capacitaciones de Herramientas de Coaching para equipos IT.
 
Me he desempeñado en el ámbito del Coaching Personal, Ejecutivo y Organizacional.
 
Fui docente en la carrera de coaching del Instituto de Capacitación Profesional, para el módulo 3: Ciencias instrumentales y empresariales.
 
También docente en la Escuela de Coaching no Directivo, teniendo a mi cargo el módulo de Coaching de Equipos.
Había una vez una época en la que me sentía una princesa salida de un cuento. Pero cuando nació Catalina, mi castillo se derrumbó de repente. Tenía 21 años, y había tenido una hija con discapacidad. En medio de la confusión, logré captar algunas de las cosas que el médico decía: “parálisis cerebral”, “carrera contra el tiempo”, “rehabilitar”, “oportunidades”. 
 
 
El médico hablaba, pero yo no escuchaba. La confusión y el miedo me paralizaban. Hacia delante, sólo veía oscuridad e incertidumbre. 
Tiempo después, y una vez recobradas las fuerzas, mi compañero de ruta y yo aceptamos el desafío de tener otro hijo. Ilusionados, esperanzados, no veíamos la hora de acunar en nuestros brazos a nuestra hija, y en nuestro fuero interno, confirmar que éramos capaces de engendrar un hijo sano. Llegó así Valentina, y junto con ella, un diagnóstico de hipoacusia neurosensorial profunda bilateral.  Un diagnóstico que retumbaba en nuestros oídos, provocando un ruido que nos hacía estallar. Teníamos ahora una hija con parálisis cerebral y una bebé sorda. Y un dolor infinito.
 
 
 

Mi pérdida,

mi ganancia,

mi aprendizaje.

Hoy como mamá,

me llegó la hora de escribir otro cuento.

 
Un cuento en donde hago algo positivo con todo este aprendizaje.
 
Un cuento que sirve como plataforma de apoyo para otros que también están llorando una pérdida de cualquier naturaleza y que encontrándose en un camino parecido, empiezan hoy su recorrido.
 
Un cuento en donde puedo devolver algo de lo aprendido
y en el que todavía, me queda tanto por escribir.
 

Porque de lo que se trata,

es de contarme un cuento que me sirva.

 

 

¿Y vos?

¿Qué cuento te estás contando?

Nuevamente el espanto y el dolor dieron el presente.  Las renovadas ilusiones se hicieron polvo, y nos sentimos en medio de un terremoto, sin nada de qué agarrarnos para sentir un poco de estabilidad. ¿Cómo sostener a una familia, si apenas podíamos mantenernos en pie? ¿A dónde había quedado la princesa con quien tanto me había identificado en el pasado? ¿En dónde estaban esas hadas que con un toque de su varita mágica borraban todo dolor de las heroínas de mis cuentos?

 

Treinta años pasaron desde que debutamos como padres, y  aunque lo intentamos en innumerables ocasiones, no pudimos escondernos ni evitar que el dolor nos atravesara. Y no fueron las hadas las que vinieron al rescate, ni encontramos pociones mágicas que nos alivianaran el camino. 
Fue el transitar nuestro dolor, entrando en contacto con nuestra tristeza y frustración, fue el corrernos de lugar, cuando la oscuridad y la incertidumbre, dieron paso a la claridad, a la aceptación y a la paz, y el miedo le dio paso al coraje para conocer a qué nos enfrentábamos. Fue el dejar de pelear con nuestro destino, con la vida que nos tocó, y mirar a nuestras hijas de manera diferente, sin el peso de la angustia. De a poco, caímos en la cuenta de que nuestro mayor obstáculo para volvernos a poner de pie, éramos nosotros mismos. Fue comprender que habíamos  decidido aceptar el reto que nos planteaba nuestro vivir. Fue el tomar conciencia de nuestra elección lo que nos alivianó el recorrido.
 
Hoy no buscamos que nos rescaten, porque ya no sentimos que estamos en peligro. Hoy comprendemos que discapacidad no es sinónimo de infelicidad, y que la dignidad viene en todo tipo de envase. Y el cultivo de nuestros propios recursos, nuestras elecciones, nuestros aciertos y nuestros errores nos fueron trayendo hasta hoy. Hoy, que tenemos un camino andado. Hoy, que nuestras hijas nos miran ya mujeres, desde el amor más puro y el agradecimiento más grande por no habernos rendido. Hoy que miramos hacia atrás, y agradecemos las lecciones aprendidas. Hoy que los agradecidos somos nosotros, por habernos elegido para cumplir esta importante misión.
 
Y así aprendimos que también hay luz y alegría detrás de un diagnóstico de discapacidad. Que hay felicidad y que hay amor, incluso cuando nuestros sueños de entonces no se hayan hecho realidad. Que hay enorme riqueza en la vida en nuestras hijas, y ciertamente, que también la hay en la nuestra.
A veces nuestro camino toma una dirección insospechada, en ocasiones no deseada, pero está en nosotros la decisión de transitarlo -o no- y la elección de la forma en que lo haremos.
 

Si querés escribir un nuevo cuento, uno que te guste más,

y que te sirva para darle sentido a todo eso que atravesaste,

sumate a las rondas.